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Desamor

Rupturas amorosas

La dignidad rescata de la confusión que deja el estruendoso ruido del adiós.

7 may 20263 min de lectura

Nadie es tan indigno como para merecer un dolor que no pueda ser procesado. La culpa tapona el proceso de aceptar que quien se fue puso en marcha su deseo. Las constantes preguntas tratando de armar un croquis de la situación nublaran en gran medida la mente, empañando lo que solo el paso del tiempo permitirá ver despues.

La esperanza de terminar un duelo tiene por condición comenzar a transitarlo. No entrar en la lógica del duelo va a implicar contemplar el sufrimiento. Esto es, buscar razones que logren justificar la ida de aquel que amamos, con el fin de no aceptar el abandono.

El duelo que no se hace es el duelo que no termina. Solo aquel que confía en que va a salir al otro lado, aunque sea a rastras, es capaz de dar inicio a lo que supondrá una distancia con lo perdido.

Quien se ha ido ha dejado clara su postura, aunque la cobardía del silencio de pie a las dudas esperanzadoras. Quién se queda tendrá que vérselas con el residuo imaginario que deja lo no dicho. Tendrá que elegir el tono de la conversación en su cabeza, la posición frente a la imposibilidad de saber con certeza el por qué y la relación con la lucecita que no se apaga de la añoranza del regreso.

Laguna